Una realización de la lectura orada: Lc 10,25-37
“¿Quién es mi prójimo?” Para responder a esta
pregunta, Jesús nos cuenta: “Un hombre bajó”… Sin
introducción alguna, habla de un “hombre” que cae en manos
de bandoleros “que lo despojan le dan una paliza dejándolo
medio muerto al borde del camino.”
Nos hace reflexionar la mención de los tres hombres
que pasan: un cura, un levita y un samaritano.
Solo interviene el Samaritano, un “extranjero”. Vierte
aceite sobre las llagas de la víctima, lo conduce al
mesonero y, dándole dinero, le recomienda que cuide bien al
herido.
La parábola, bajo varios aspectos, no parece ni
completa, ni definitiva. Tampoco da sugerencias para evitar
que las personas sean víctimas de la injusticia de los
otros. El Samaritano no se nos presenta como modelo de una
misericordia total y absoluta. No se muestra completamente
responsable del otro que ha encontrado abandonado, y medio
muerto en la calle, como si todo dependiera solamente de él.
Continúa su itinerario, aunque éste haya sido ampliamente
modificado.
La modestia de esta narración no es una excepción en
Lucas. Al contrario, es una característica en todo su
Evangelio: “¡Vivió haciendo el bien!” En reflexiones
análogas Lucas dice claramente que en circunstancias
imprevistas, Jesús hacía el bien a todas las personas que
encontraba.
Dicho esto, da la impresión que la parábola del
Samaritano es una narración “abierta” – no se ha dicho todo
sobre la ética y la misericordia de las relaciones humanas.
La narración del Buen Samaritano es “fuerte”, precisamente
porque incluye bajo múltiples facetas la “corporalidad” de
la persona. En otro lugar, el evangelista Juan dice
claramente: “El Verbo se hizo carne” (Jn 1,14).
Efectivamente, si queremos saber más sobre el “Verbo”, sobre
“Dios” y el “Espíritu”, debemos tomar en consideración estas
dos palabras: “se hizo carne."
La parábola nos enseña que “la carne” es el lugar, el
medio, el camino, el sacramento de la “revelación de Dios al
hombre”. Sobre esta base, cada cristiano está llamado a ser
también el “cuerpo” de Dios para el “otro” que está
necesitado. |