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Entré en el Instituto en 1966 un poco antes del
Vaticano II. Cuando me decidí, tenía una gran
inquietud en mí, algo que no podría decirlo con
palabras. Mi deseo era casarme, establecerme y
formar una gran familia. Cuando las cosas después
fueron de otra manera, pero es evidente que de
verdad pertenezco a una gran familia, la de las FMM.
Me impactó el infinito AMOR DE DIOS que siempre nos
querrá y hará las cosas a su manera y a su ritmo.
Mis padres habían muerto y éramos una familia de ocho
hermanos, yo era la hija mayor, y lógicamente mi
misión era cuidar de los más jóvenes. Para pacificar
mi mente fui a confesarme y pedí consejo. La
respuesta fue que yo tenía vocación. Supliqué, ¿y
mi familia? “Dios cuidará de ellos”.
Entré en Loughglynn, un lugar muy bonito en Roscommon,
Irlanda, donde las FMM eran conocidas popularmente
con el nombre de ‘Las hermanas del Queso’. Todas las
mañanas las carretas de asnos llevaban en grandes
recipientes la leche fresca, leche que se
transformaría en grandes formas de unos quesos
deliciosos.
Éramos un grupo feliz de dieciséis novicias con
nuestros habituales altos y bajos, mientras el
Vaticano II estaba aportando muchos cambios a la
vida religiosa. |