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A
los quince años, Pauline entra en la Tercera Orden Secular Franciscana. Su
hermana Rosalía fue la primera en entrar al noviciado de las Franciscanas
Misioneras de María en Amberes, y recibió el nombre de Marie Honorine. Sólo
después que Marie Honorine partió como misionera a Ceylán (hoy Sri-Lanka),
Pauline se decidió a entrar al noviciado, y poco después la siguió su hermana
Matilde.
Maríe
Amandine era sencilla, alegre, generosa, verdadera franciscana. Su buen humor y
su relación fácil atraía y creaba en torno a ella un ambiente fraterno de
serenidad y gozo. Fue enviada a Marsella para prepararse a servir a los enfermos
en el hospital de Tai-iuen-fou. De allí embarca para la misión. El barco pasa
por Ceylán y, en Colombo, capital y puerto, se encuentra con su hermana Honorine. La alegría mutua fue bien grande, y luego la despedida:
¡Hasta
la vista... en el cielo!
En
la misión, entrega lo mejor de ella misma en el dispensario. Así describe su
trabajo a su Superiora General:
“Hay
200 huérfanas, entre ellas muchas están enfermas; las cuidamos lo mejor
posible. Los enfermos de fuera vienen también para curarse. Si usted viera a
estos infelices se quedaría horrorizada. Es difícil imaginar las llagas que
tienen, agravadas por la falta de higiene. Gracias a Dios pude aprender algo en
Marsella y hago lo que puedo para darles alivio.”
El
trabajo era grande y continuo. Vida de sacrificio, sin descanso, aceptada con
una fortaleza alegre.
“Hna.
Amandine es, por temperamento, la más joven entre nosotras, escribe Marie
Hermine, canta y ríe todo el día. No está mal. Al contrario, la cruz de una
misionera debe ser llevada con gozo.” Los chinos la llaman “la hermana
europea que ríe siempre.”
Pasó
noches y días velando a Marie de Sainte Nathalie durante su enfermedad; y siguió
con el trabajo constante con los enfermos hasta que, al final, también ella cae
enferma, grave... No hay muchos medios, pero poco a poco, su naturaleza sana se
rehace, y continúa su servicio.
En una de sus últimas cartas,
Marie Hermine cuenta: “Marie Amandine decía esta mañana que ella no pedía a
Dios que salve la vida a los mártires, sino que les dé fortaleza.” Y ella,
en efecto, continuaba preparando sus medicinas, cantando como siempre. Su alegría
admiraba a los que estaban encarcelados con ella. Con toda seguridad, cantó el
“Te Deum” hasta el final, porque el Señor le había regalado la alegría
franciscana, alabanza al Señor Dios, Sumo Bien, todo Bien, único Bien, según
la oración de Francisco de Asís.
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