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La
joven va madurando su personalidad y su fe: comprende que la alegría verdadera
viene de un manantial que no se seca, y que este gozo se obtiene solamente al
precio del sufrimiento.
Comienza
a entrever que un AMOR enorme la llama, y su corazón encuentra paz en el deseo
de servir a una fraternidad sin fronteras.
En
1893 entra al noviciado de las Franciscanas Misioneras de María de Holanda, en
Amberes. A la pregunta ¿cuál es la razón de su deseo de ser religiosa?,
responde “El deseo de sufrir por Nuestro Señor”.
Como
la mujer fuerte de la Escritura, Marie Adolphine se entrega sin quejas inútiles
a los trabajos más humildes y duros.
Derramar su sangre por la fe...
Adolphine no se cree digna de ello, pero ¡parte! “Marie Adolphine es una
hermana a quien se le puede pedir todo, dice su Superiora, Marie Hermine. Ella
misma escribe: “Ojalá Jesús me dé la gracia de atraer a su amor a mis
ayudantes chinas, pero para ello es necesario que cumpla mi misión como
verdadera víctima, entregada totalmente a Dios y a las almas.” Y Dios escuchó
su deseo. Marie Adolphine no faltó a la cita con el testimonio de la entrega
total de su vida por la fe en Jesús.
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