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Su
madre se opone, quiere casarla con un buen partido, pero Anne se mantiene firme
y, sin despedirse de los suyos, se va al noviciado en 1890. Comienza con
entusiasmo su vida religiosa, a pesar de que su corazón sangra todavía por el
desprendimiento de haber dejado la familia.
Después
viene la prueba: duda de su vocación, no encuentra ya atractivo ni celo apostólico
como sentía antes. El trabajo sencillo, “sin brillo” que se le pide, le
parece insoportable...
El
futuro le da miedo, los escrúpulos le hacen sufrir, duda de la presencia de Jesús
en la Eucaristía... ¿qué hacer? ¿abandonar este camino? ¿Volver a su
casa?... esto sería lo más fácil.
Marie de Saint Just sufre.
Reza. Abre su alma a María de la Pasión, su Superiora General: le revela su
tortura con plena lealtad, y le dice: “¡No soy nada y antes no lo sabía!”
Las
palabras que María de la Pasión le pedirá que repita constantemente son las
de Jesús: “Padre, !que se haga tu voluntad y no la mía!
Durante
varios años, esta joven que no conoce el camino de los grandes místicos,
continuará sufriendo... barro amasado por el alfarero. Ayudada por María de la
Pasión no se volverá atrás y aprenderá a agarrarse a la cruz con todas sus
fuerzas, con fe. Poco a poco, vencerá la tentación y la paz invadirá lo más
profundo de su ser.
La
muerte de su madre agrega dolor a su dolor, pero la voluntad de Dios se ha
vuelto su fortaleza. En Vanves, aprende a manejar las máquinas de la imprenta
y, además, hace zapatos para las hermanas, y mil pequeños trabajos que ayudan
al sostenimiento económico de la comunidad.
Después
de sus votos perpetuos es designada para China. Describe el viaje con mucho
humor y, ya en la misión, pone todos sus talentos al servicio de la comunidad y
de las niñas huérfanas.
Escribe:
“Me parece haber vivido siempre aquí. Se lo agradezco a la Virgen, a quien he
rezado siempre, y es para mí un consuelo decirle a usted, Madre, que mis
pruebas han terminado.”
Dios
da la paz a su misionera que pronto dará el testimonio supremo del Amor.
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