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Trabaja
ordeñando vacas, en la granja, lava la ropa... su alegría nace de esta
convicción muy honda en ella: “Todo es grande para quien lo hace con grandeza
de alma.” Según ella, dos cosas le bastan para ser santa: unirse íntimamente
a Dios y amar al cumplir los pequeños servicios cotidianos.
Después
del noviciado va a París donde se vive una ruda pobreza. Marie de Sainte
Nathalie la vive con alegría. Sus hermanas la llaman “Fray León”, en
recuerdo del amigo entrañable de Francisco de Asís.
Su
primera partida misionera fue a Cartago, en Africa del Norte, pero se enferma y
debe volver a Italia. Poco a poco descubre el secreto de la Cruz, y escribe:
“Estoy
contenta de tener algo que sufrir. Cuando se sufre, uno se desprende de la
tierra. Dios quiera que lo ame por encima de todas las cosas, puesto que El fue
tan generoso conmigo y me ha hecho tanto bien desde que estoy en el mundo.”
En
marzo de 1899 es destinada a la nueva fundación en Tai-iuen-fou. Poco después
de la llegada a la misión, su salud será la gran preocupación de la comunidad.
Varios meses en cama, con tifus; sufre sin quejarse, con una paciencia increíble,
hasta que poco a poco puede recobrar las fuerzas.
No
le falta trabajo a la misionera... pero con todas sus compañeras, el 9 de julio,
la bretona de ojos azules, apretando su crucifijo entre los dedos, es decapitada.
“No
tenemos miedo... la muerte es sólo Dios que pasa”,
había dicho varias veces...
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