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Sus
padres la obligan a ir a un baile, pero en su corazón la elección está hecha.
Bernabé, su hermano franciscano, le ayuda en el camino de su entrega a Dios. A
los 18 años pide a sus padres ser religiosa, pero éstos piensan que es el
idealismo de tantas jóvenes de esa edad. Clelia sabe lo que quiere, y comienza
la lucha. Toma conciencia de los sufrimientos, la amargura, los odios, la
desesperación... toda la miseria del mundo, y se despierta en ella el deseo de
entregarse, de servir, de vivir y anunciar el Evangelio.
A
través de su hermano, conoce el Instituto de las Franciscanas Misioneras de María,
y el horizonte de las misiones se abre ante ella.
Su
fuerte personalidad la impulsa a una firme decisión, y el 24 de enero de 1892
entra al prenoviciado, en abril comienza el noviciado y recibe el nombre de
Maria Chiara. Así será su vida, su entrega: naturaleza franca, transparente,
ardiente, Chiara personifica la misionera alegre, generosa, olvidada de sí, tal
vez muchas veces demasiado rápida, pero siempre pronta al sacrificio por los
demás.
En
China, a la propuesta del obispo de alejarse del lugar del peligro, Chiara,
exclama:
“¿Huir,
Monseñor? ¡oh no! Vinimos para dar nuestra vida por Dios, si fuese necesario.”
Sin
embargo, como el peligro amenaza también a las huérfanas, monseñor hace
preparar dos carros que las llevarán a un pueblo cristiano, y Chiara debe
acompañar al grupo. Pero, la puerta ya está bloqueada y deben volver... Su
deber cumplido, la misionera regresa contenta...
En
el combate final, dicen que fue Chiara la primera en recibir el golpe mortal...
tal vez su elevada estatura llamaba la atención... tal vez porque lo que veía
como voluntad de Dios lo hacía siempre rápidamente...
Su última palabra fue, sin
duda, la que constantemente repetía: “¡Siempre
adelante!”
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