|
En
1894 se presenta en Vanves y allí inicia su prenoviciado. Al verla tan delicada
de salud, la dejan allí un tiempo para comprobar si podrá resistir la vocación
misionera. Su exterior frágil oculta una voluntad de hierro que supera todas
las dificultades.
Comienza
su noviciado en Los Châtelets (Francia) en julio del mismo año, y recibe el
nombre de Marie-Hermine de Jésus. Dicen que el armiño es un animal que
prefiere la muerte a ensuciarse, y éste será uno de los propósitos de Hermine:
“llevar la fe lejos, siempre intacta, prefiriendo la muerte a la mancha de la
deserción”. Y así fue su vida y su muerte.
Mujer
llena de ternura y firmeza, mujer humilde. Por su paciencia y su caridad supo
crear fraternidad por donde iba pasando: en el noviciado, luego en Vanves donde
tuvo a su cargo la contabilidad de la casa; más adelante, en Marsella, cuando
se preparaba para el cuidado de los enfermos en la misión y, por fin,
responsable del grupo en Tai-iuen-fou, supo conquistar a todos: obispos,
sacerdotes, laicas consagradas, niñas, enfermos... y para sus propias hermanas
fue madre, apoyo, animadora... hasta el final.
¿De
dónde sacaba esa fortaleza? Una frase suya descubre, en parte, su secreto:
“La
adoración del Santísimo Sacramento es la mitad de mi vida, la otra mitad
consiste en hacer amar a Jesús y ganarle almas.”
Misionera
ardiente, adoratriz, mujer de un solo amor. Hermine no huyó ante el peligro de
una muerte atroz. Supo vivir las palabras del Maestro:
“No
hay amor más grande que éste: dar la vida por sus amigos” (Jn 15,13).
|