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El
Instituto inicia su rápido desarrollo: el 12 de agosto de 1885 emiten el
Decreto laudatorio y el de afiliación a la Orden de Hermanos Menores; se
aprueban las Constituciones ad experimentum, el 17 de julio de 1890, y
definitivamente el 11 de mayo de 1896. Es el momento del envío de misioneras,
incluso a las puestos más lejanos y peligrosos, sin detenerse, más allá de
todo obstáculo y de toda frontera.
El
celo misionero de la fundadora no conoce límites para responder a las llamadas
de los pobres y abandonados. También la promoción de la mujer y la situación
social le interesan particularmente; con inteligencia y discreción ofrece a los
pioneros que trabajan en este campo una colaboración que ellos aprecian mucho.
Su
intensa actividad y su dinamismo brotan de la contemplación de los grandes
misterios de la fe. Para María de la Pasión todo confluye en la
Unidad-Trinidad de Dios, Verdad-Amor, que se da a nosotros a través del misterio
pascual de Cristo. Unida a estos misterios vive su vocación de ofrenda en una
dimensión eclesial y misionera. Jesús Eucaristía es para ella «el gran
misionero» y María, en la disponibilidad de su «Ecce», traza el camino de la
donación sin reserva a la obra de Dios. De este modo abre a su Instituto los
horizontes de la misión universal, realizada en el espíritu evangélico de
sencillez, pobreza y caridad de Francisco de Asís.
Tiene
gran cuidado, no solamente de la organización exterior de las obras, sino sobre
todo de la formación espiritual de las religiosas. Dotada de una extraordinaria
capacidad de trabajo, encuentra tiempo para redactar numerosos escritos de
formación, y para mantener una frecuente correspondencia con sus misioneras
esparcidas por el mundo, invitándolas con insistencia a una vida de santidad.
En 1900, el Instituto recibe el sello de sangre con el martirio, en China, de
siete Franciscanas Misioneras de María, beatificadas en 1946 y canonizadas en
el transcurso del Gran Jubileo del año 2000. Este martirio es para María de la
Pasión, junto con un gran dolor, un inmenso gozo, una emoción intensa de ser
la madre espiritual de estas misioneras que han sabido vivir el ideal de su
vocación hasta la efusión de la sangre.
Agotada
por las fatigas de incesantes viajes y por el trabajo cotidiano, María de la
Pasión, después de una breve enfermedad, muere serenamente en San Remo el 15
de noviembre de 1904, dejando más de dos mil religiosas y ochenta y seis casas
insertas en cuatro continentes. Sus restos mortales reposan en un oratorio
privado de la Casa General del Instituto, en Roma.
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